El ojo de un gigante repasaba la fila interminable de personas que iban en búsqueda de la comida del día. Hambrientos y afanados, los que iban, confiaban en los otros que regresaban con sus bocas llenas que con lo poco que podían decir, confirmaban que la comida estaba al final de la fila.
Se armó un despelote cuando el gigante metió uno de sus dedos en la fila, haciendo que las personas corrieran en todas las direcciones.
Un viejo que ya había dado 828 pasos desde la vecindad en búsqueda de comida, quedó atrapado por el dedo del gigante, el cuál lo levantó y lo sostuvo en el aire. Sin importarle cuanto pataleaba, el gigante le arrancó uno de sus flacos y frágiles brazos, aturdido el viejo balanceba su cabeza de un lado a otro, abría su boca con mucha fuerza pero sus gritos no se escuchaban, una pierna y otro brazo le fueron arrebatados. Aún no se desmayaba y entre el dolor y desespero, como una trampa cerró fuertemente sus mandíbulas mordiendo el dedo del gigante, quedando el pequeño colgado de su cabeza por la presión involuntaria que ejercía con su boca. Mientras mordía, el viejo se preguntó por qué había sido seleccionado para ser castigado, nunca se había metido con el gigante, hasta ahora que lo había lastimado…
Los otros viejos limpiaron el lugar y recogieron el cuerpo que mantenía intacto los dos brazos y la pierna que el gigante no alcanzó a arrebatar. Las lágrimas duraron muy poco, un joven reemplazó al viejo, la fila interminable volvió a realizarse y continuó la búsqueda de alimento.
A 200 metros, una persona que volaba tambaleándose por estar tan sediento, parpadeó… Un amigo suyo lo vio caer en ese instante, desde el aire ya estaba aplastado y sus alas quebradas, este amigo no supo si murió de sed, o si seguro habría molestado a un gigante.
Cuando la vieja vaca dio a luz, quedó atontada. Al girar su pesada cabeza, vio a su hijo: pequeño, flaco, blanco y hermoso que reposaba en las manos de la esposa del patrón. La vaca se quiso acercar, pero cuando su trompa estuvo cerca, el hijo rompió en llanto, ella desesperada como una madre que desea saber qué mal tiene su hijo, perdió el control de su cuerpo y empezó a patalear, la esposa del patrón se asustó y corrió a refugiarse, cualquier persona le teme a un animal de media tonelada. La vaca no entendía lo que pasaba y se detuvo cuando sus patas traseras tocaron una masa tirada en el suelo, a lo cuál ella miró, otro hijo suyo estaba en el piso, pero no se movía. La vieja vaca lloró.
A los 2 días el patrón regresó y metió la vaca al establo.
Con la mirada fija en el horizonte y sin inmutarse por las manos del patrón jalando sus tetas, la vaca era ordeñada. Estaba angustiada por saber dónde estaba su hijo, aquel que sobrevivió. Sabía que él estaba vivo y que andaba por ahí, de lo contrario no daría leche, ya había tenido niños antes y solo hasta que ellos crecían y comían por sí solos, ella no dejaba de dar leche.
A la semana siguiente del parto, entró la mujer del patrón al establo, en sus brazos cargaba al hijo de la vaca, blanco, pequeñito y precioso. La vaca se emocionó y trató de acercarse, debido al susto que le pegó a la mujer o tal vez a la interrupción del ordeño, el patrón la amarró. La vaca no despegó la mirada de su hijo, - tiene que estar enfermo por alguna razón- pensó, ya que lo tenían que cargar, no se podía sostener por sí mismo y estar de pie al lado de su madre. Era una vieja vaca y sabía que su parto había sido riesgoso. Del balde de leche recién ordeñada, llenaron un tetero y se lo pasaron a su hijo. La vaca descansó, estaba feliz puesto que lo alimentaba y mientras él tuviera hambre ella seguiría dando leche.
El hijo crecía y todos los días el patrón lo llevaba con su esposa a visitarla. Pronto, la vaca dejó de ser amarrada, entendía que no se podía acercar al hijo, a cambio de esto, la esposa con el chiquillo en sus brazos se acercaba a ella y ambos pasaban sus manos por su pesada cabeza. La vaca estaba feliz y su leche era la mejor.
Nadie le dijo a la vaca por qué la esposa no regresó. La vaca no soportó saber que su hijo ya no se alimentaba de ella y empezó a exigir información de él perdiendo control sobre si misma, caminando por el establo, moviendo fuertemente su cabeza sin dejarse ordeñar. Por esto, el patrón la volvió a amarrar, se lo merecía, no podía perder así los estribos. Su leche se puso fea y el patrón la fue ordeñando menos hasta que se le secaron las tetas y dejó de dar leche, su hijo ya no tenía hambre.
Al cabo de un par de semanas, el patrón llevó a la vieja vaca al matadero, en su camino vió a su hijo: grande, gordo, blanco y hermoso, esta vez en el piso se sostenía por sí solo, lo cual hizo feliz a la vaca, su hijo estaba sano, su leche lo había hecho crecer. El chiquillo era llevado de la mano por la esposa del patrón, quien le daba de comer de un plato pequeños trozos de carne. La vaca estaba feliz porque seguiría alimentando a su hijo.
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